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SANTA ISABEL - “Me siento como que he llegado al sitio donde tengo que estar”. Con una pasmosa serenidad a pocos minutos de conocer sus primeros estudiantes, Marilia Villafañe observaba las paredes de su salón laboratorio y sonreía. “En la universidad hay muy buenos profesores pero muchos no pasan por esto (la escuela pública). Hay que humanizarse” Marilia
Villafañe Ayer inició su carrera como maestra de computadoras en una escuela superior, no como novata acabada de salir de la universidad a los 23 años, sino con 36 años, un legado familiar de dos abuelas y su madre - todas maestras - y un caudal de experiencias vividas y metas aún por cumplir. Su objetivo final es convertirse en profesora universitaria, pero considera necesaria para su preparación pulirse a nivel secundario. “En la universidad hay muy buenos profesores pero muchos no pasan por esto (la escuela pública). Hay que humanizarse”, dijo Villafañe. Villafañe, utuadeña residente en Ponce, llegó a las 7:40 a.m. a la escuela superior Elvira M. Colón de este pueblo. En el estacionamiento le saludó una maestra que conoció durante las dos semanas de adiestramiento, pero no fue hasta que arribó al portón principal de la escuela que se llevó el primer “shock”. “¡Las faldas cortas se van con Los Panchos!”, gritaba con actitud una guardia de seguridad. No era necesariamente la frase que Villafañe quería escuchar en su primer día como maestra, pero se tendría que acostumbrar al caos de la escuela. “Estoy
bien tranquila”, manifestó. Cualquiera que observara su rostro se lo
creía en un santiamén. |
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asomaban al salón y se iban. El primer grupo de estudiantes llegó un poco tarde, minutos pasadas las 9:00 a.m. Parece que las trencitas están de moda. Del grupito de nueve, ocho eran varones. “Les felicito por venir”, fueron sus primeras palabras, reconociendo que en el primer día de clases los “seniors” usualmente le dan más importancia a perseguir ‘prepas’ que a tomar clases. Villafañe repartió las tradicionales tarjetas donde los estudiantes redactan algunos datos. Ella luce tímida y los estudiantes le miran con sospecha. Ni el imprudente grito de un estudiante que se asoma por la puerta ni otro que entra para refrescarse logran romper el hielo. La primera tarea fue que los alumnos redactaran las normas que implementarían en el salón. La cooperación es mínima, pero Villafañe va soltándose y a pulmón logra cooperación. En el ir y venir les advierte que debido a que el teclado y los ratones de las computadoras más nuevas son inalámbricos, tendrá que tomar medidas para cerciorarse que no sean sacados del plantel. “Tengo una tarea difícil”, dijo ella mientras un estudiante le completaba la oración: “estar pendiente de todo”. Los primeros dos grupos, el más grande de 10 estudiantes, no cesaron de gastarse bromas entre ellos. Sin embargo, los chistes se acabaron cuando la guardia de seguridad, como bombero apagando fuego, entró al salón y recitó las normas relacionadas al uso del uniforme. El tercer y último grupo de la mañana fue el más grande: 30 estudiantes prepas. Llegaron puntuales y en silencio. Tanto silencio y orden pareció darle más confianza a ella. “Con ustedes me siento más cómoda porque son nuevos en la escuela, como yo”, dijo soltando una tímida sonrisa. La clase transcurrió sin contratiempo alguno, pero Villafañe usó un tono más fuerte al hablarles. ¿Por qué?, se le preguntó al terminar la clase. “Ellos vienen de noveno grado. Son los más que chavan y hay que crear disciplina”, explicó la maestra. “Pero van a cooperar, lucen más receptivos”. OTRO ARITUCULO DE EL NUEVO DIA USANDO LA FOTO DE MARILIA
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